Un disparo logra frenar un poco de verano. Atrapa color, luz, sensación. Tiene la misma precisión que yo a los 5 años intentando atrapar con la lengua un copo de nieve, mirando al cielo blanco con los ojos chinos.
Solamente un ínfimo pedacito de tiempo queda capturado, distinto a todo el tiempo siguiente.
Por más que el lago siga ahí, por más que el reflejo del sol me siga haciendo fruncir las cejas.
Volver siempre implica conocer(me) otra vez.
Cuando el silencio no es una respuesta
Me enoja. Me confunde. Me frustra. Me da una gracia que no es graciosa, porque es demasiado absurda. Y no hablo del “el que calla, otorga”. Hablo de ese silencio moderno, pasivo-agresivo, supuestamente sutil y elegante, que se usa como respuesta. O como no-respuesta. No respeto el silencio. No lo romantizo. No me parece sensato, ni estratégico, ni válido en todos los casos. A veces, claro, es necesario callar. Cuando el otro dice: “prefiero no hablar más”, lo entiendo, lo acepto. Hay decisión, hay un límite, hay una comunicación. Pero cuando alguien que no conozco, con quien apenas empecé a interactuar, decide dejar de responder como método de cierre… no hay ningún límite ahí. Solo una retirada sin sentido, cobarde, egoísta. No quiero interpretar señales. No soy adivina, ni tengo ganas de jugar al “descifrando intenciones”. La gente que se va sin decir nada a veces piensa que así “no hace drama”. Como si hablar fuera conflictivo por definición. Pero para mí, lo que genera drama e...

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